sábado, 26 de marzo de 2011

Ip Man

Los amantes de las películas de artes marciales no pueden perderse "Ip Man" (o "Yip Man"), una producción del 2008.





No es una "peli de chinos" más, bastan los primeros minutos para darse cuenta de que es especial tanto cinematográficamente (cosa rara en películas de artes marciales, la verdad sea dicha), como en las escenas de lucha.

En IMDB tiene un 8.2, una valoración excepcional para una película de este género.

Incomprensiblemente, y que yo sepa, no se distribuyó en España ni en ningún país hispanohablante, así que toca tirar de versiones subtituladas por aficionados. (Eso sí, en cuanto pueda me hago con una edición en blu-ray.)

La película está inspirada en hechos reales. Trata de la vida (un tanto fantaseada, claro) del que luego fuera maestro de Bruce Lee. El primer tercio de película es desenfadado y divertido, y el resto es dramático, donde tras la ocupación japonesa de su ciudad, se pondrán realmente a prueba tanto la filosofía de vida como las habilidades del protagonista, un aristócrata que, pese a su sabiduría y buen corazón, había querido vivir al margen de los problemas mundanos.

Éste practica Wing Chun, un arte marcial basado en los brazos mucho más que en las piernas, proveniente de una mujer, una legendaria maestra Shaolin, quien le transmitió sus conocimientos a otra mujer, la cual lo extendió. Por tanto, arrastraba el estigma de ser un arte marcial "de mujeres", algo que con el tiempo (y el maestro Ip Man contribuyó a ello) se demostró que ni mucho menos era sinónimo de arte marcial débil.

Cuando leí, antes de ver la película, que la coreografía era de Sammo Hung, me imaginé las típicas escenas de Jackie Chan, espectaculares pero poco realistas, ya que es de ese círculo de actores y coreógrafos. Pero no, de eso hay poco en la película, la mayoría de los movimientos de Wing Chun están rodados más en el plan de las escenas buenas de aikido de Steven Seagal, aunque con más florituras, para bien o para mal.

Hay una segunda parte, "Ip Man 2", que, aunque no es mala, es bastante más floja, recomendable sólo para quien se haya quedado con más ganas de ver al sifu Ip Man repartiendo estopa con esa elegancia única; eso sí, las escenas son más circenses y pierden mucha fuerza, al igual que la historia.

viernes, 11 de marzo de 2011

Mis tesoros digitales

Recientemente he tenido que cambiar varios ordenadores de mi casa (tengo unos cuantos), entre los que incluyo la consola. Cada vez que hay un cambio de este tipo te planteas la cuestión de qué archivos pasar de la máquina antigua a la nueva. Al principio uno quisiera pasarlo todo, pero luego te das cuenta de que podría ser una buena oportunidad de seleccionar ficheros y limpiar la era. En cualquier caso es un quebradero de cabeza que se acentúa si surgen problemas para traspasar los datos que eliges.

Este problema puede tener los años contados si se populariza el cloud compuntig, gracias al cual tendremos, entre otras cosas, nuestros archivos en "la nube", en servidores, accesibles desde cualquier ordenador. Al principio asusta algo así por miedo a perder datos o a comprometer la confidencialidad, pero cuando uno cae en que servicios como el correo electrónico se basan en esta idea, ya no se ve tan lejano ni tan extraño.

Pero entonces cabe plantearse si la computación en nube nos privaría de la oportunidad que mencionaba al principio, la de sanear los contenidos que a menudo mantenemos por razones que desconocemos.

Es más, y que nadie me tache de insensible, ¿dónde quedaría la parte positiva de los virus y los discos duros rotos? Ah, ¿pero eso tiene algo positivo? En cierto modo sí, porque a veces nos ayuda a soltar lastre, a renovarnos, al desapego, como hace la parte más duramente disciplinada de la vida.

En el último cambio de máquina que he hecho ya estaba harto de traspasar ficheros. Reconozco que más por pereza que por convencimiento he dejado atrás fotos, documentos y aplicaciones, entre otras muchas cosas. Sin embargo, unos días después me he sentido de alguna manera liberado. Me he dado cuenta de que ninguno de mis tesoros era necesario. He descubierto que puedo vivir sin ellos.

Sin desear que me vuelva a pasar, lo agradezco, porque esta libertad no era tan obvia para mí.

Me pregunto qué pasará cuando en el futuro, gracias al cloud computing, arrastremos con nuestro equipaje electrónico durante toda la vida, secas las aguas del Leteo digital.